martes, 2 de junio de 2026

Serra Pelada

 

mina de oro

Esta mina se encuentra en el norte de Brasil, concretamente en el estado de Pará, en plena región de la Amazonia (dentro del municipio de Curionópolis).

Sebastião Salgado viajó allí en septiembre de 1986, tras pasar años intentando conseguir el permiso de las autoridades militares brasileñas. Las fotografías que tomó en ese inmenso cráter capturaron a unos 50.000 hombres (conocidos como garimpeiros) que trabajaban en condiciones inhumanas, subiendo precarias escaleras de madera cargados con sacos de tierra pesadísimos, cubiertos de barro y movidos por la fiebre del oro. El propio Salgado llegó a describir la escena como un retorno a los albores de la humanidad, comparando la visión con la construcción de las pirámides de Egipto o las visiones del infierno de Dante.

Hoy en día, ese gigantesco agujero excavado a mano ya no funciona como mina; se inundó y se ha convertido en un gran lago contaminado por el mercurio que se utilizó durante los años de la explotación.

La historia de Serra Pelada es uno de los episodios más surrealistas, caóticos y dramáticos de la historia económica y social del siglo XX. Lo que ocurrió allí en la década de 1980 fue una verdadera "fiebre del oro" que atrajo a decenas de miles de personas en cuestión de meses.


El origen del caos (1979-1980)

Todo empezó en 1979, cuando un agricultor local encontró una pepita de oro en su propiedad, al norte de Brasil. El rumor corrió como la pólvora. En pocas semanas, miles de personas de todos los rincones del país —campesinos, obreros, intelectuales, taxistas y parados— dejaron sus vidas atrás y viajaron a la selva amazónica con la esperanza de hacerse ricos. En su momento de máximo apogeo, la mina llegó a albergar a unos 50.000 o 100.000 buscadores de oro (garimpeiros) trabajando simultáneamente en un cráter gigante excavado a mano.

Un hormiguero humano y un sistema medieval

Lo que hace que las fotos de Salgado sean tan impactantes es la total ausencia de maquinaria pesada. Todo se hacía a fuerza de músculo y resistencia. El sistema de trabajo estaba rígidamente organizado por la propia necesidad:

  • Los lotes: El gran cráter se dividía en pequeñas parcelas de 2x3 metros que pertenecían a un "propietario" (muchas veces alguien adinerado que financiaba la operación desde fuera).

  • Los formigas (hormigas): Eran los excavadores y porteadores. Picaban la roca y llenaban sacos de tierra que pesaban entre 30 y 40 kilos.

  • Las "escaleras de la muerte": Como se aprecia en la imagen superior, los trabajadores debían subir por decenas de precarias escaleras de madera (llamadas localmente adias) fijadas a las paredes de barro del acantilado, que medía cerca de 200 metros de profundidad. Un paso en falso o un resbalón significaba una caída mortal, arrastrando a los que venían detrás.

  • El pago: A los porteadores se les pagaba una miseria por saco transportado, pero tenían derecho a elegir uno o dos sacos al final de la jornada para ellos mismos. Si ese saco contenía oro, se hacían ricos; si solo contenía barro, no ganaban nada. Era una lotería diaria.


Control militar y la "sociedad" de la mina

Ante el peligro de que la situación derivara en una guerra civil interna, el gobierno militar brasileño intervino enviando al ejército bajo el mando del carismático y estricto militar Sebastião Curió.

Para mantener el orden en un lugar propenso a la violencia, se impusieron reglas draconianas: se prohibieron por completo las armas, el alcohol y las mujeres en un radio de varios kilómetros alrededor de la mina. Los mineros vivían en un campamento improvisado de chabolas de plástico y madera cercano a la explotación. A pesar de las durísimas condiciones físicas y el lodo constante que cubría sus cuerpos, Salgado destacó que no había sensación de esclavitud, sino de una extraña e intensa comunidad unida por el deseo compartido de riqueza.

El fin de la fiebre y el desastre ecológico

A finales de los años 80, la mina se volvió insostenible. A medida que el agujero se hacía más profundo, las paredes de tierra se volvían extremadamente inestables y los derrumbes empezaron a sepultar a decenas de mineros. Además, el agua subterránea empezó a filtrarse de manera masiva.

Finalmente, el gobierno prohibió la minería manual e intentó mecanizar el proceso, pero el yacimiento ya no era tan rentable. Cuando las excavaciones cesaron por completo, el inmenso cráter se inundó debido a las lluvias amazónicas y las filtraciones.

Hoy en día, Serra Pelada es un lago enorme de aguas verdosas fuertemente contaminadas con mercurio (el metal pesado que usaban los mineros para separar el oro de la tierra), dejando un legado de graves problemas de salud en la población local y un recordatorio imborrable de hasta dónde puede llegar la codicia humana.

Fuente: Gemini, Art Madrid

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