lunes, 15 de junio de 2026

Monarcas españoles

 

Los Reyes católicos

1. Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (Los Reyes Católicos)

  • La expulsión de judíos y musulmanes (1492 / 1502): Un error histórico monumental. Por imponer la uniformidad religiosa, decretaron la expulsión de los judíos (1492) y más tarde de los musulmanes no conversos. Con ellos se fue la élite financiera, comercial, médica y científica del país. España se quedó sin clase media mercantil justo cuando más la necesitaba, dejando el comercio en manos de banqueros extranjeros (genoveses y alemanes).
  • La creación de la Inquisición moderna: Convirtieron el tribunal en una herramienta de control estatal que persiguió la disidencia, instauró la cultura de la delación y el miedo, y aisló intelectualmente a España del resto de Europa.

2. Carlos I (V del Sacro Imperio)

  • Financiar el sueño imperial con dinero español: Carlos vio a España como la billetera de sus guerras en Europa (contra los protestantes, Francia y los turcos). Despreció las demandas locales —lo que provocó la sangrienta revuelta de los Comuneros— y gastó el oro americano antes de que tocara tierra, provocando una inflación galopante.

3. Felipe II

  • La quiebra del Estado y la Armada Invencible (1588): A pesar de gobernar el imperio más rico del mundo, declaró la bancarrota del país en varias ocasiones debido a las deudas militares. Su obsesión por castigar a la Inglaterra protestante culminó en el desastre de la Armada Invencible, un golpe militar y psicológico del que el imperio nunca se recuperó del todo.

4. Felipe III

  • La expulsión de los moriscos (1609): Si sus bisabuelos habían expulsado a los pensadores y comerciantes, Felipe III expulsó a unos 300,000 moriscos, que eran la columna vertebral de la agricultura en regiones como Valencia y Aragón. El campo quedó devastado, provocando hambrunas y miseria. (Esto sumado a las Devastaciones de Osorio en el Caribe ).

5. Felipe IV

  • La crisis de 1640 y la pérdida de Portugal: Delegó el poder en el Conde-Duque de Olivares, cuya agresiva política de centralización fiscal y militar provocó la rebelión simultánea de Cataluña y Portugal. Portugal se independizó para siempre, partiendo el imperio peninsular.

6. Carlos II ("El Hechizado")

  • La parálisis total del imperio: Su incapacidad física y mental (fruto de generaciones de endogamia) dejó al país a la deriva, convirtiendo a España en el "enfermo de Europa" y el hazmerreír de las cortes extranjeras, lo que provocó que las potencias vecinas se repartieran el imperio antes de su muerte.

7. Felipe V (El primer Borbón)

  • Los Decretos de Nueva Planta y la Guerra de Sucesión: Su llegada provocó una cruenta guerra civil. Al ganar, abolió por la fuerza las leyes e instituciones propias de la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca), sembrando un resentimiento político y territorial que dura hasta el siglo XXI.

8. Carlos IV

  • Entregar el país a Napoleón (1808): Un rey débil dominado por su valido, Manuel Godoy. Permitió que las tropas francesas cruzaran España con la excusa de invadir Portugal. Al final, él y su hijo Fernando VII se rebajaron a ir a Bayona a entregarle la corona a Napoleón en bandeja de plata, dejando al pueblo español abandonado ante la invasión francesa.

9. Fernando VII ("El Deseado"... y luego el más odiado)

  • Considerado el peor rey de la historia de España: Tras la guerra contra Napoleón, el pueblo lo recibió con los brazos abiertos. Su respuesta fue abolir la Constitución liberal de 1812 ("La Pepa"), perseguir y fusilar a los héroes de la guerra que eran liberales, y reinstaurar el absolutismo más rancio. Bajo su nefasto e inestable reinado, España perdió casi todo su imperio en América Continental. Además, cambió la ley de sucesión a última hora solo para que gobernara su hija, provocando tres sangrientas Guerras Carlistas que desangraron el país durante el siglo XIX.

10. Isabel II

  • Inestabilidad, caprichos y corrupción: Su reinado fue un caos de favoritos políticos, corrupción descarada y constantes golpes de Estado militares (pronunciamientos). Su frivolidad y mala gestión provocaron que el pueblo se hartara y la expulsara del país en la Revolución de 1868 ("La Gloriosa").

11. Alfonso XII (quien reinó entre 1874 y 1885). Su omisión no fue casualidad, sino porque rompe un poco la tendencia de "desastre tras desastre" de la lista anterior.

Si la pregunta es si fue un buen rey, la respuesta de la mayoría de los historiadores es que fue uno de los pocos reyes eficaces y bien valorados de la historia contemporánea de España, ganándose el apodo de "El Pacificador".

Sin embargo, su reinado no estuvo libre de sombras y decisiones cuestionables. Vamos a resumir sus aciertos y sus "errores gordos" bajo la misma lupa:

Los Grandes Aciertos: ¿Por qué se le considera buen rey?

Alfonso XII llegó al trono tras el caos del Sexenio Democrático (que incluyó la expulsión de su madre Isabel II, un rey extranjero fugado y la caótica Primera República). Su principal objetivo fue traer estabilidad, y lo logró en gran medida:

·        Trajo la paz militar: Consiguió poner fin a la Tercera Guerra Carlista (un conflicto civil sangriento que asolaba el norte del país) y logró firmar la Paz de Zanjón (1878), que pausó temporalmente la durísima guerra de independencia en Cuba.

·        Creó estabilidad política: Junto al político Antonio Cánovas del Castillo, diseñó la Constitución de 1876. Este texto logró un consenso histórico entre los principales partidos de la época y puso fin a la constante tradición de que cada nuevo gobierno redactara una constitución a su medida.

·        Cercanía con el pueblo: A diferencia de sus antecesores, mostró una gran empatía pública. Cuando el país sufrió una brutal epidemia de cólera y terribles terremotos en Andalucía, el rey visitó personalmente las zonas afectadas y los hospitales a pesar del riesgo de contagio, ganándose un enorme afecto popular.

Los "Errores Gordos" y las Sombras de su Reinado

Aunque su figura está mitificada (en parte por su trágica muerte por tuberculosis a los 27 años y su famosa historia de amor con María de las Mercedes), su sistema político sembró los problemas del siglo XX:

·        El "Turnismo" y el fraude electoral institucionalizado: Para mantener la estabilidad, Alfonso XII y Cánovas crearon un sistema donde el Partido Conservador y el Partido Liberal se turnaban pacíficamente en el poder. ¿El problema? Las elecciones estaban completamente manipuladas desde el Ministerio de la Gobernación mediante la compra de votos y la presión de los "caciques" locales (lo que se conoció como el encasillado y el pucherazo). Se eliminó la violencia de los golpes de Estado, pero a costa de destruir la verdadera democracia y apartar por la fuerza a republicanos, socialistas y nacionalistas.

·        Una visión cortoplacista en las colonias: Aunque logró la paz en Cuba, el sistema alfonsino no otorgó la autonomía ni las reformas comerciales que los cubanos legítimamente exigían. Prefirió mantener el statu quo colonial para no enfadar a la burguesía peninsular, dejando la mecha encendida para el desastre definitivo de 1898 que le tocaría vivir a su viuda y a su hijo.

En conclusión: ¿Fue buen rey? Para los estándares de la monarquía española, sí, fue un rey notable. Trajo orden, modernización y paz a un país exhausto. Sin embargo, el precio de esa estabilidad fue construir un sistema político de cartón-piedra basado en la mentira electoral. Cuando ese sistema fraudulento colapsó décadas después, arrastró consigo a su hijo Alfonso XIII, abriendo paso a la crisis que terminó en la Guerra Civil.

12. Alfonso XIII

  • Apoyar una dictadura y cargar la República: Su gran error fue vincular el destino de la monarquía a la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Al aplaudir el fin de la democracia, cuando la dictadura cayó, la monarquía cayó con ella, abriendo las puertas a la polarizada Segunda República y la posterior Guerra Civil.

13. Juan Carlos I

  • El colapso ético de la corona: Aunque clave en la Transición democrática y el fracaso del golpe de Estado del 23-F, sus últimos años destruyeron su legado. Sus escándalos financieros opacos, cuentas en Suiza, cacerías de elefantes en plena crisis económica y una vida privada plagada de excesos forzaron su abdicación en 2014 y su posterior autoexilio a los Emiratos Árabes.

Para completar el cuadro, aquí tienes a los "olvidados" de la lista y sus respectivos errores gordos:

1. Juana I de Castilla ("La Loca") — La reina que nunca dejaron gobernar

·        El error (ajeno): Técnicamente ella no cometió los errores, sino que fue la gran víctima de la ambición masculina. Su padre (Fernando el Católico), su marido (Felipe el Hermoso) y su propio hijo (Carlos I) se compincharon para encerrarla de por vida en el castillo de Tordesillas usando su inestabilidad mental como excusa. Al apartarla, permitieron que una dinastía extranjera (los Austrias) tomara el control de Castilla, priorizando los intereses de Europa Central por encima de los españoles.

2. Luis I ("El Bien Amado") — El rey relámpago (1724)

·        El error gordo: Su reinado duró exactamente 229 días. Su padre, Felipe V, abdicó en él en un ataque de depresión (y para intentar postularse al trono de Francia). Luis I tenía 16 años y dedicó su brevísimo reinado a salir de fiesta por Madrid, robar fruta de los huertos reales de incógnito y lidiar con los escándalos de su esposa. Murió de viruela a los 17 años, obligando a su desequilibrado padre a volver al trono. Una parálisis institucional absoluta en plena época ilustrada.

3. Fernando VI ("El Prudente") — El rey que murió de pena (1746-1759)

·        La sombra de su reinado: Al igual que Alfonso XII, suele considerarse un rey bastante decente porque mantuvo a España fuera de las guerras europeas y saneó la hacienda. Sin embargo, su final desestabilizó el reino: tras la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, cayó en una locura profunda (melancolía severa). Se encerró en el castillo de Villaviciosa de Odón, se negaba a vestirse, se lavaba a la fuerza y agredía a sus médicos. El imperio estuvo más de un año acéfalo, sin un rey capaz de firmar un solo papel, hasta que falleció.

4. José I Bonaparte ("Pepe Botella") — El rey intruso (1808-1813)

·        El error gordo: Aunque fue impuesto por su hermano Napoleón tras la vergonzosa traición de Carlos IV y Fernando VII, su gran error fue creer que los españoles lo aceptarían. Intentó modernizar el país, abolió la Inquisición y trajo ideas ilustradas, pero gobernaba escoltado por bayonetas francesas. El pueblo lo odiaba (le colgaron el falso mito de ser alcohólico, cuando era abstemio) y su gestión provocó una de las guerras de guerrillas más sangrientas de la historia, dejando a España destruida económicamente.

5. Amadeo I de Saboya — El rey que tiró la toalla (1871-1873)

·        El error gordo: Traído por las Cortes españolas tras la expulsión de Isabel II para intentar tener un monarca democrático y moderno. El pobre Amadeo era un aristócrata italiano educado y de buena fe, pero su error fue subestimar lo ingobernable que era España. Nadie lo quería: la iglesia lo odiaba, los nobles le hacían el vacío, los republicanos querían echarlo y los carlistas le declararon otra guerra. Tras sufrir un atentado y ver que los propios políticos que lo habían traído no dejaban de apuñalarse por la espalda, pronunció su famosa frase de que los españoles eran "inalcanzables a toda reforma" y abdicó por voluntad propia, dejando al país sumido en el caos de la Primera República.

El balance final: Si sumamos a estos, el panorama queda completo. Salvo contadas excepciones de reyes que intentaron hacer las cosas bien (como Carlos III o el breve Alfonso XII), la historia de la corona española parece un péndulo constante entre monarcas absolutistas y crueles, reyes deprimidos e incapacitados, o gobernantes marioneta que veían el país como su finca privada.

 


viernes, 12 de junio de 2026

Ferdinand Foch y el general Joseph Joffre (Francia, 1914)

 

Joseph Joffre

Ferdinand Foch

Al estallar la Primera Guerra Mundial, el alto mando francés estaba obsesionado con una doctrina militar llamada el élan vital (el impulso vital) y la ofensiva a ultranza. El mariscal Ferdinand Foch enseñaba en la Escuela de Guerra que "la victoria es una voluntad" y que el fuego enemigo no importaba si el soldado tenía suficiente coraje.

·        La estupidez: Bajo la dirección del general Joseph Joffre, el ejército francés inició la Batalla de las Fronteras (agosto de 1914). Los generales franceses mandaron a sus hombres a cargar a pecho descubierto, en formaciones densas del siglo XIX, tocando música militar y vistiendo uniformes de gala con llamativos pantalones rojo brillante y chaquetas azules. Sostenían que el camuflaje era una cobardía. Los alemanes, parapetados tras ametralladoras atrincheradas, solo tuvieron que apretar el gatillo de forma sistemática.

El resultado: En solo un día (el 22 de agosto de 1914), el ejército francés sufrió 27,000 muertos. Fue el día más sangriento de toda la historia militar de Francia. 

Horatio Gates

 Horatio Gates (26 de julio de 1727-10 de abril de 1806) oficial del ejército británico, y posteriormente, general estadounidense durante la guerra de independencia. Su nombre se asocia frecuentemente a la victoria norteamericana en la batalla de Saratoga y a la derrota en Camden.

Horatio Gates

Horatio Gates era hijo de una pareja al servicio de Peregrine Osborne, segundo duque de Leeds, en Maldon (Essex), en Inglaterra en 1727.

Gates recibe su diploma de teniente del ejército británico en 1745. Sirve en Alemania durante la Guerra de Sucesión Austriaca, y posteriormente es ascendido a capitán de las tropas provinciales de Nueva Escocia en 1753.

Durante la guerra de los Siete Años, Gates combate bajo las órdenes del general Edward Braddock en América. En 1755, toma parte en la expedición Braddock, que fracasó en su tentativa de apoderarse del acceso al valle de Ohio. En esta expedición participan otros hombres que se convertirían en jefes militares durante la Guerra de independencia, como Thomas Gage, Charles Lee, Daniel Morgan y George Washington. Gates combatirá más tarde en las Antillas y participará en la toma de Martinica.

Horatio Gates era un general estadounidense celoso del prestigio de George Washington y convencido de que su genio militar era superior. Se le dio el mando del ejército del Sur para frenar el avance británico en la batalla de Camden.

·        La estupidez: Gates tomó una serie de decisiones desastrosas antes de la batalla. Alimentó a sus tropas (que ya sufrían de disentería) con raciones de melaza y harina mal cocida la noche anterior, dejando a sus hombres exhaustos y enfermos en las letrinas. Al desplegar el ejército, cometió el error garrafal de colocar a sus milicianos sin experiencia y mal armados justo enfrente de las tropas de élite británicas más veteranas.

·        El resultado: En cuanto empezó el combate, la milicia entró en pánico y huyó. Lo inaudito no fue la retirada de los soldados, sino la del propio Gates: el general montó en su caballo de carreras y huyó del campo de batalla, dejando atrás a sus hombres atrapados. Cabalgó casi 300 kilómetros en tres días, distanciándose por completo del frente y dejando su reputación destruida para siempre.

Fuente: Wikipedia

Zinovy Rozhestvensky

 Zinovi Petróvich Rozhéstvenski (en cirílico ruso: Зино́вий Петро́вич Роже́ственский) (11 de noviembre de 1848 - San Petersburgo, Imperio ruso, 14 de enero de 1909) fue un vicealmirante de la Armada Imperial Rusa responsable de dirigir a la Flota del Báltico durante la batalla de Tsushima en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905.

Zinovy Rozhestvensky 
Hijo de un médico militar, su origen se sitúa en la provincia de Smolensk. En 1864, ingresó en el Cuerpo de cadetes navales de Rusia, graduándose en 1868. En 1873, se graduaría en la Academia de Artillería Mijáilovskaya de San Petersburgo, especializándose en artillería naval e ingresando con el grado de teniente. Durante algunos años sirvió como comandante de la compañía del grupo de entrenamientos de la Flota del Báltico. Fue catalogado por alguno de sus compañeros como «una persona especialmente nerviosa, pero valiente y confiable».

Guerra ruso-japonesa (1904-1905)

Antes del estallido de la guerra, Rozhéstventski fue nombrado jefe del Estado Mayor Naval, implantando una política de rearme y fortalecimiento de la Flota del Pacífico que no llegaría a tener éxito. Destacó su énfasis en el empleo de acorazados en detrimento de otro tipo de embarcaciones de guerra, afirmando que la existencia de una flota naval preponderante era imprescindible a la hora de obtener éxito en las contiendas bélicas. En abril de 1904, se le encargó el mando del Segundo Escuadrón del Pacífico, compuesto por: 7 acorazados, 8 cruceros, 9 torpederos y una serie de buques auxiliares; meses después fue ascendido al rango de vicealmirante.

Bajo su mando, los navíos de guerra rusos navegaron 18 000 millas náuticas, desde el Báltico y bordeando el cabo de Buena Esperanza hasta Port Arthur y el estrecho de Tsushima. La travesía estuvo marcada por el despropósito ya desde sus comienzos. El 21 de octubre de 1904, mientras navegaba en aguas británicas, la flota rusa provocó el incidente de Dogger Bank, al disparar sobre botes pesqueros a los que los rusos confundieron con lanchas torpederas. A su paso por el norte de África uno de los barcos de la flota se enredó en un cable submarino y su capitán ordenó cortarlo; resultó ser el cable que unía Tánger con 



Europa, y las comunicaciones con África quedaron interrumpidas durante cuatro días; pocos días después, el buque taller de la flota participó en otra singular batalla naval, al disparar más de 300 obuses a lo que su tripulación pensaba que eran tres torpederos japoneses que, en realidad, eran un pesquero alemán, una goleta francesa y un mercante sueco.

Rozhéstvenski, completamente desesperado, sumido en una profunda crisis nerviosa y aquejado de frecuente migrañas, se enfrentó finalmente a la flota japonesa de Tōgō Heihachirō el 27 de mayo de 1905 en la conocida como batalla de Tsushima, que fue un completo desastre para la flota rusa, destruida o capturada en prácticamente su totalidad, mientras los japoneses sufrían escasos daños.

Togo visitaría a Rozhéstvenski cuando este convalecía en un hospital japonés por las heridas que sufrió en batalla y lo reconfortó con amables palabras, diciéndole que «la derrota es un destino común para un soldado, no hay nada de que avergonzarse; lo que de verdad importa es que hayamos cumplido nuestro deber».[1]

Tras firmarse el Tratado de Portsmouth, Rozhéstvenski regresó a Rusia, donde fue reintegrado en su cargo. Su actuación fue exonerada por el vicealmirante Alexander von Niedermueller. Sin embargo, pronto la prensa comenzó a cargar las culpas sobre Rozhéstvenski. Este renunció a su puesto como jefe del Estado Mayor Naval; las críticas no disminuyeron, siendo obligado a presentarse ante la justicia. Rozhéstvenski trató de exonerar a sus subordinados del fracaso de la batalla, pidiéndose para él la pena de muerte, siendo finalmente absuelto y recayendo la mayor parte de la culpa sobre el almirante Nikolái Nebogatov.

Fuente: Wikipedia

Luigi Cadorna

 Luigi Cadorna (Verbania; 4 de septiembre de 1850-Bordighera, 21 de diciembre de 1928) fue un militar italiano con rango de mariscal de campo, de actuación destacada en la Primera Guerra Mundial, designado comandante en jefe de las tropas italianas en campaña entre los años 1915 y 1917; fue destituido del mando tras la grave derrota sufrida por sus fuerzas en la batalla de Caporetto.

Luigi Cadorna

Luigi Cadorna nació en la localidad de Verbania en el Piamonte[1] el 4 de septiembre de 1850. Era hijo del general Raffaele Cadorna, militar de destacada participación durante las guerras de la Unificación italiana en las tropas del Reino de Cerdeña. La familia tenía una larga tradición militar.[1]

Con diez años, ingresó en la prestigiosa Academia Militar de Milán; a los quince, pasó a la de Turín de la que se graduó como subteniente de artillería a sus 18 años de edad el año 1868.[1] Luego fue ascendido a oficial dos años después y participando en la captura de Roma en septiembre de 1870, después se integró al estado mayor de la división de Verona. En 1892 era ya coronel de un regimiento de bersaglieri distinguiéndose por ejercer una áspera disciplina sobre sus hombres.

En primavera de 1915, Cadorna disponía de veinticinco divisiones de infantería y cuatro de caballería. Agrupadas en cuatro ejércitos, solo poseía ciento veinte piezas de artillería media y pesada, y alrededor de setecientas ametralladoras. A pesar de las carencias en artillería, lanzó ofensivas sobre el territorio de Austria-Hungría en mayo de 1915 usando la táctica del ataque frontal. El mando militar austrohúngaro dispuso construir trincheras rápidamente, y los italianos sufrieron bajas importantes durante sus avances.

Durante las primeras dos semanas de la primera Ofensiva del Isonzo, el ejército italiano perdió sesenta mil hombres entre muertos y heridos, ganando apenas unos pocos kilómetros de territorio. Hacia el invierno de 1915-1916, cuando cesaron los ataques, las bajas italianas ascendían a trescientos mil individuos entre muertos y heridos, y unos tres mil cañones perdidos. Con baja moral y crecientes deserciones, Cadorna autorizó ejecuciones selectivas de sus soldados para «erradicar la cobardía», alegando que la ausencia de avances ocurría por una «falta de disciplina militar» y no por errores de táctica.

Hacia el 28 de octubre, tras cuatro días de severas derrotas, Cadorna dio la orden de retirada de los soldados italianos hacia el río Tagliamento y luego hacia el Piave. Al concluir la ofensiva austrohúngara el Regio Esercito perdió más de trescientos mil hombres entre muertos, heridos, y prisioneros, y la mayoría de su artillería de campaña, debiendo además retroceder sus líneas en más de ochenta kilómetros y abandonar amplio territorio al enemigo, todo ello en apenas diez días de lucha. Ante el desastre bélico, Cadorna fue cesado del mando, destinado a un puesto administrativo, y reemplazado por el general Armando Diaz. El primer ministro italiano, Vittorio Emanuele Orlando, se mostró de acuerdo en la creación de un Mando Supremo Aliado que ayudara a coordinar las operaciones italianas.

Fuente: Wikipedia

martes, 2 de junio de 2026

Serra Pelada

 

mina de oro

Esta mina se encuentra en el norte de Brasil, concretamente en el estado de Pará, en plena región de la Amazonia (dentro del municipio de Curionópolis).

Sebastião Salgado viajó allí en septiembre de 1986, tras pasar años intentando conseguir el permiso de las autoridades militares brasileñas. Las fotografías que tomó en ese inmenso cráter capturaron a unos 50.000 hombres (conocidos como garimpeiros) que trabajaban en condiciones inhumanas, subiendo precarias escaleras de madera cargados con sacos de tierra pesadísimos, cubiertos de barro y movidos por la fiebre del oro. El propio Salgado llegó a describir la escena como un retorno a los albores de la humanidad, comparando la visión con la construcción de las pirámides de Egipto o las visiones del infierno de Dante.

Hoy en día, ese gigantesco agujero excavado a mano ya no funciona como mina; se inundó y se ha convertido en un gran lago contaminado por el mercurio que se utilizó durante los años de la explotación.

La historia de Serra Pelada es uno de los episodios más surrealistas, caóticos y dramáticos de la historia económica y social del siglo XX. Lo que ocurrió allí en la década de 1980 fue una verdadera "fiebre del oro" que atrajo a decenas de miles de personas en cuestión de meses.


El origen del caos (1979-1980)

Todo empezó en 1979, cuando un agricultor local encontró una pepita de oro en su propiedad, al norte de Brasil. El rumor corrió como la pólvora. En pocas semanas, miles de personas de todos los rincones del país —campesinos, obreros, intelectuales, taxistas y parados— dejaron sus vidas atrás y viajaron a la selva amazónica con la esperanza de hacerse ricos. En su momento de máximo apogeo, la mina llegó a albergar a unos 50.000 o 100.000 buscadores de oro (garimpeiros) trabajando simultáneamente en un cráter gigante excavado a mano.

Un hormiguero humano y un sistema medieval

Lo que hace que las fotos de Salgado sean tan impactantes es la total ausencia de maquinaria pesada. Todo se hacía a fuerza de músculo y resistencia. El sistema de trabajo estaba rígidamente organizado por la propia necesidad:

  • Los lotes: El gran cráter se dividía en pequeñas parcelas de 2x3 metros que pertenecían a un "propietario" (muchas veces alguien adinerado que financiaba la operación desde fuera).

  • Los formigas (hormigas): Eran los excavadores y porteadores. Picaban la roca y llenaban sacos de tierra que pesaban entre 30 y 40 kilos.

  • Las "escaleras de la muerte": Como se aprecia en la imagen superior, los trabajadores debían subir por decenas de precarias escaleras de madera (llamadas localmente adias) fijadas a las paredes de barro del acantilado, que medía cerca de 200 metros de profundidad. Un paso en falso o un resbalón significaba una caída mortal, arrastrando a los que venían detrás.

  • El pago: A los porteadores se les pagaba una miseria por saco transportado, pero tenían derecho a elegir uno o dos sacos al final de la jornada para ellos mismos. Si ese saco contenía oro, se hacían ricos; si solo contenía barro, no ganaban nada. Era una lotería diaria.


Control militar y la "sociedad" de la mina

Ante el peligro de que la situación derivara en una guerra civil interna, el gobierno militar brasileño intervino enviando al ejército bajo el mando del carismático y estricto militar Sebastião Curió.

Para mantener el orden en un lugar propenso a la violencia, se impusieron reglas draconianas: se prohibieron por completo las armas, el alcohol y las mujeres en un radio de varios kilómetros alrededor de la mina. Los mineros vivían en un campamento improvisado de chabolas de plástico y madera cercano a la explotación. A pesar de las durísimas condiciones físicas y el lodo constante que cubría sus cuerpos, Salgado destacó que no había sensación de esclavitud, sino de una extraña e intensa comunidad unida por el deseo compartido de riqueza.

El fin de la fiebre y el desastre ecológico

A finales de los años 80, la mina se volvió insostenible. A medida que el agujero se hacía más profundo, las paredes de tierra se volvían extremadamente inestables y los derrumbes empezaron a sepultar a decenas de mineros. Además, el agua subterránea empezó a filtrarse de manera masiva.

Finalmente, el gobierno prohibió la minería manual e intentó mecanizar el proceso, pero el yacimiento ya no era tan rentable. Cuando las excavaciones cesaron por completo, el inmenso cráter se inundó debido a las lluvias amazónicas y las filtraciones.

Hoy en día, Serra Pelada es un lago enorme de aguas verdosas fuertemente contaminadas con mercurio (el metal pesado que usaban los mineros para separar el oro de la tierra), dejando un legado de graves problemas de salud en la población local y un recordatorio imborrable de hasta dónde puede llegar la codicia humana.

Fuente: Gemini, Art Madrid